Del juego al juguete

 

Aunque ya hemos visto que la casa puede ser entendida como un juego, quisiéramos llamar aquí la atención, no tanto sobre los juegos, sino sobre los juguetes como artefactos que son. En un juego, mediante la imaginación convertimos un palo de escoba en un caballo o el bajo de una mesa en una sala. Un juguete es distinto, es una máquina para jugar.
 
Construir juguetes es una manera de estimular el ingenio frente a la forma. En un juguete no importa su apariencia sino "lo que hace". Nos ocuparemos aquí de lo que podriamos considerar "reflejos" de estos en la casa. Una cierta disposición mental nos conduce a introducir en la casa algunos artefactos que podemos considerar, en cierto modo, ajenos al mundo formal de la casa. Son más obra de una especulación sobre el funcionamiento que sobre la apariencia.
 
Quisiéramos ilustrar este comportamiento con los artefactos aparecidos en la revista TBO -una revista infantil que también leían los mayores- en los años cincuenta y sesenta, bajo el título de "Los grandes inventos del TBO". Semanalmente aparecían "inventos" que no eran mas que pequeñas ironías sobre las máquinas, mezcladas con una observación muy atenta de lo cotidiano. Esto les confería la capacidad de ser una crónica de los problemas que preocupaban en aquel tiempo, naturalmente de los pequeños problemas de aquel tiempo.
 
Muchos de ellos eran pensados para el escenario doméstico. La falta de calefacción, el cuidado de los enfermos en casa, eludir las visitas inoportunas o sacar el hueso de las aceitunas, eran objeto de complicadísimos o elementales instrumentos para resolver estos problemas. A medio camino entre los electrodomésticos y lo que comunmente llamamos "instalaciones" surgían estos "inventos", algunos de los cuales, observados ahora y comparados con algunas propuestas de arquitectos o ingenieros que se han ocupado de problemas similares, no resultan tan extraños, como la casa avión de Casto Fernandez-Shaw.
 
La mano articulada que saluda y despide al marido, movida por un pedal que acciona su esposa mientras lee despreocupada, o la pequeña industria casera organizada para aprovechar el movimiento de la máquina de coser del ama de casa, son algunos de estos ejemplos de como resolver problemas domésticos mediante artefactos que son más un juguete que una máquina, que nos recuerdan al mecanismo "taylorista" para pasarse el telefono en la oficina ideado por R. Buckminster Fuller. Otros, como el cesto de vaivén para el correo aprovechando el comportamiento del perro, nos hacen pensar en el dispositivo creado por Le Corbusier en la casa de su madre para que el perro incordiara mejor a los transeuntes.
 
En este sentido, la casa es un campo de experimentación inmenso, solo que parece estar oculto para nosotros y tal vez no tanto para los niños. El mismo niño que construye el modelo de "su" habitación con una caja de zapatos no duda en completar su obra añadiendo a la caja una pila y una bombilla ¡sino no estaría completa!
 
En la pelicula Los Robinsones de los mares del sur de Ken Annakin, sus personajes, una familia suiza, se ven arrojados a una isla desierta después de naufragar su barco. Inmediatamente inician la construcción de una casa "sobre un árbol", empleando diversos materiales, incluidos restos del naufragio. En esa casa de mezclan maravillosamente las ideas que aquí enunciamos. Se trata de una casa construida con la imaginación de un niño y la pericia de un ingeniero, en la que hasta la instalación del agua es motivo de un ingenioso artilugio. Más atractiva es cuanto mas trata de dotarse de las mismas comodidades de una casa europea, aunque resueltas de un modo naif.
 
Algunos arquitectos han acariciado estos problemas y nos han dejado constancia en sus obras de este talante. Tal es el caso de el escenario móvil al fondo de la sala de la casa en la Onkel-Tom-Strasse (Berlin, 1923) de Richard Neutra y Erich Mendelsohn, los diversos tabiques moviles de la casa Schroder de G. Rietveld o los artefactos que aproximan algunos elementos de la maison de verre de Pierre Chareau y Bertrand Bijvoet a artefactos de Jean Tinguely.
 
Le Corbusier, en los años treinta, construyó un sofisticado apartamento-juguete para Ch. de Beistegui en la avenida de los Campos Eliseos de París. En el habia escaleras de caracol colgadas, paneles y setos que se deslizaban con solo apretar un botón. Ascendiendo por una escalera de caracol colgada de la estructura, se llegaba a una pequeña cámara oscura en la que se podía ver la ciudad a través de imágenes captadas por un periscopio y proyectadas sobre una mesa circular abatible. Esta experiencia fue convertida años más tarde, en la Unité de Marsella, en una serie de mecanismos que afectan tanto a los apartamentos como a la azotea del edificio.
 
Una prueba de ello son los pequeños armarios que se usaban como tornos para que los inquilinos pudieran depositar y recoger sus encargos en las tiendas del edficio o la portezuela que comunicaba directamente la rue interieure con un armario refrigerador de cada apartamento, para poder cargarlo con hielo o permitir que el lechero dejara, de madrugada, la leche fresca del día. Un dispositivo que nos trae a la memoria un comentario de Winston Churchill: "La democracia es tener la seguridad de que si llaman a la puerta de madrugada es el lechero". Desde este punto de vista, el mecanismo de la Unité parece querer eliminar también esa posibilidad y sugiere una forma distinta de entender el confort democrático.
 
Otros arquitectos, como Thomas Jefferson, Berthold Lubetkin o Ralph Erskine, por citar algunos, han empleado en sus obras y proyectos, mecanismos que, vistos hoy, no pueden evitar arrancar una sonrisa al mezclar, tal vez ingenuamente, el juego y las pequeñas comodidades. El dispositivo junto a la chimenea para subir las botellas de la bodega de la casa en Monticello, de Thomas Jefferson, los esquemas y explicaciones a los usuarios de Berthold Lubetkin, o la cama sube-y-baja en la casa Box de Ralph Erskine; nos muestran que la distancia que les separa de los juguetes no es tanta. En cualquier caso, estas observaciones son una manera como otra de volver una mirada crítica hacia el uso y la función de las cosas, más que a su forma.