IMATGE: MARK MORGAN
 

Elogio acalorado de la sombra

 

Agosto. Artravesamos campos de Asia Menor tras dejar la costa del Egeo con sus turistas carbonizándose al sol. El ganado dormita a la sombra de unos pocos árboles y cuando éstos desaparecen por completo, lo hace bajo unos sombrajos construidos exclusivamente para este fin. Auténtica y bella arquitectura mínima que inevitablemente me trae a la memoria los cobertizos de cañizo que nos protegían cuando niños en la playa.  ¡Qué calidad ambiental en aquellas sombras! Cañas que aislan del calor -sobre todo si se dejan enteras con su cámara de aire interior-, de color claro y por tanto reflectantes, adosadas pero dejando resquicios por los que circula el aire y se filtra el sol creando una mágica sombra luminosa, como la que acaricia aquellas majestuosas y equívocas jóvenes de Sorolla después del baño. Recuerdo incluso que las familias "bien" poseían sombrajos con dos capas cruzadas de cañizo separadas por una cámara ventilada. Nuestros antepasados de cualquier clase social hacían lo imposible por resguardarse del sol, tanto porque intuían el perjuicio para la salud, que hoy ha quedado demostrado por el conocimiento de su efecto sobre el cáncer de piel, como por razones evidentes de confort visual y térmico.
 
¡Cegador es intentar leer al sol, imposible pintar! El blanco deslumbra, los tonos se confunden. Los pintores que salieron de sus estudios para pintar au plein air sintieron muy pronto la imperiosa necesidad de crearse una sombra para trabajar. Bajo una sombrilla o un gran sombrero de paja aparecen pintores y pintoras en los brillantes apuntes coloristas de Sargent.
 
Sólo en pleno invierno el calor del sol resulta agradable, aunque tengamos que cerrar los ojos o ponernos gafas oscuras. El resto del año ¡que delicioso es permanecer a la sombra! Veo la historia de la cultura española como la de unos indígenas aguerridos pero algo brutos hasta que unos pocos árabes les aconsejan ponerse a la sombra, y a partir de ahí... las Cantigas de Alfonso X, Velázquez, el jamón de Jabugo y todo lo demás.
 
Las sombras son tan ricas y complejas que justifican una catalogación jerárquica que, como ignoro si existe, he comenzado ya a hacer personalmente y la incluyo, con sus notas, al final de este panfleto.
 
Inicio la lista con la famlia de las sombras de mayor finura y calidad, la que proyectan los árboles. La riqueza de estas sombras radica en varios fenómenos que podemos analizar. Son sombras frescas por la circulación del aire entre los múltiples estratos de hojas y por la evaporación insospechadamente elevada de las mismas. Son sombras coloreadas, algo diferentes en cada especie por el efecto doble de transparencia y reflexión de unas hojas en otras, como en las finas maderas de la lámpara de Coderch. Son sombras vibrantes por el movimiento de todas estas pantallitas, son sombras deliciosamente olorosas en diferentes épocas para las distintas especies. Estas virtudes se presentan en un grado superlativo en los árboles de hoja caduca.
 
A caballo entre las sombras naturales y las artificiales se encuentran las de máxima sofisticación cultural, las proyectadas por el hombre para dar apoyo y estructura geométrica a elementos vegetales: los emparrados y pérgolas. Este proyecto de racionalizar la naturaleza, de hacerla mas útil y ordenada, de dar apoyo a las plantas trepadoras para que puedan erguirse a altas cotas que solas jamás alcanzarían, de facilitar la recolección de ciertos frutos, de rodearse de olores y, sobre todo, de sombras ha dado ejemplos gloriosos la arquitectura de todos los tiempos y de todos los presupuestos. Tan profunda es la emoción que nos produce la espléndida pérgola de la mansión berlinesa de Schinkel como la levantada con finísimos y oxidados perfiles de hierro y unos alambres, o incluso cordeles, en la terraza de cualquier casa popular en una isla mediterránea. Bajo un pergolado siempre puede suceder algo mágico, recordemos sino aquel instante imborrable bajo una modesta parra comiendo pasta y bebiendo un vino blanco frío durante uno de nuestros primeros viajes a Italia. Pérgolas públicas y urbanas las que cubren calles enteras de Lindos en la isla de Rodas. Una alternativa que los arquitectos deberían tener en cuenta antes de proponer las consabidas galerías acristaladas en climas donde la lluvia o el frío nunca han significado un problema grave.
 
Pasemos a las sombras provocadas por artificios construidos. Protegerse del sol agresivo mediante cobertizos construidos ha sido una de las funciones primigenias de la arquitectura tanto o más importante que la de protegerse del frío, la lluvia o los animales salvajes. Arquitectura como arte de crear memorables espacios umbríos. Se han alzado umbráculos exclusivamente con esta finalidad, como el de Barcelona, uno de los edificios más bellos que conozco, y el que prefería el gran arquitecto inglés James Stirling entre todos los de nuestra ciudad, con su fascinante interior donde el sol, peinado en láminas sutiles, vibra sobre plantas tropicales.
 
Cualquier espacio arquitectónico privado de su techo resulta incomprensible. Apreciamos mucho mejor la secuencia de luces y sombras de la casa clásica romana en Herculano -que fue inundada por una enorme avenida de agua y barro que preservó, en gran parte, sus cubiertas-  que en Pompeya, donde la lluvia de ceniza, lapilli y piedra volcanica las hundió. Aunque las viviendas de Pompeya eran de mucha mayor riqueza, cuan difícil resulta hoy imaginar el paso desde la salvaje luminosidad de la calle a la acogedora y domesticada del atrio -con el sol penetrando por el compluvium central, reflejándose en el agua del impluvium y estrellándose en el techo en mil fragmentos tintineantes (como aún podemos observar en la Alhambra)- cuando ahora, bajo un sol de justicia, bases rotas de columnas sobre un pavimento terroso con algún fragmento de mosaico.
 
Por la misma razón, para entender la gradación luminosa de un templo egipcio, desde el desierto cegador hasta las oscuras cámaras sagradas sólo atravesadas por finos haces de sol que penetra, domesticado, por pequeñas hendiduras en la cubierta, resultan mucho más explícitos los intactos templos ptolemaicos como Edfu y Dendera que los de Karnak, mucho mayores, antiguos y con relieves de superior calidad, pero en estado ruinoso y sin techar.
 
La general y turística veneración arqueológica por lo más antiguo y por los elementos decorativos por encima de los valores propiamente arquitectónicos -espacio y luz- puede explicar por que los pocos que disfrutamos de veras con estos templos tardíos y decadentes seamos casi siempre arquitectos. Los mismos que padecemos la eterna fascinación -que perspicazmente detectó y explicó de forma magistral Peter Greenaway en El vientre del arquitecto- por el Pantheon de Roma, el legado más completo de la arquitectura romana clásica, el único que se nos muestra en todo su esplendor por haber conservado su cubierta, ya que por el óculo central se escapa el calor y penetra la lluvia.
 
Estas consideraciones sobre la arquitetura antigua llevan inevitablemente al resbaladizo tema de su restauración. El creciente control de arqueólogos, historiadores, maestros de escuela y representantes de asociaciones de vecinos en las innumerables comisiones de censura que dictaminan estas cuestiones hace cada día más inviable el reponer la cubierta de un edificio antiguo. En Olimpia podemos ver columnas tumbadas en el suelo con sus fustes completos, secciones en ordenados tambores como rodajas de una longaniza,  que un terremoto abatió hace relativamente pocos años, pero que nadie osa volver a poner en pie. Salvo contadísimas excepciones, las ruinas griegas en Grecia sólo nos impresionan por sus maravillosos emplazamientos, pues se necesita un esfuerzo de imaginación titánico para reconstruir mentalmente el resto. Las excepciones son la controvertida reconstrucción del palacio de Knossos y la de la Stoa de Attalos de Atenas donde, por fin, el visitante puede disfrutar de espacios arquitecónicos. No voy a explicar ahora con detalle mi decidida opinión a favor de la total recosntrucción de los monumentos antiguos de los que poseemos información suficiente, pero sí precisaré que una de las certezas en las que me baso es que difícilmente un espacio que ha perdido su cubierta, y por lo tanto su sombra, puede provocar emoción arquitectónica. La reconstruccion de la Stoa ateniense, llevada a cabo por la American School of Clasical Studies en los años cincuenta, resulta ejemplar, pues partiendo de los poquísimos elementos arquitectónicos y aprovechando la repetitividad tipológica de estos cobertizos porticados que rodeaban las ágoras se pudo reconstruir el edificio completo con un pequeñísimo margen de interpretación. Es verdad que los fragmentos originales, integrados en la larguísima fachada, se distinguen por su labra, más precisa y delicada, pero eso no obsta para que a la sombra de este pórtico podamos imaginar el bullicio de un mercado, de un banquete, o a un filósofo de la Escuela ateniense divulgando su saber.
 
Desgraciadamente, entre los valores despreciados u olvidados por el estilo moderno, muy probablemente por haber nacido en clima de sol mortecino y enclenque, está el de la creación de sombras. Son poquísimos los edificios señeros de este movimiento con espacios umbrosos notables. No creo que exista una sola pérgola, templete e incluso jardín de estilo racionalista. Con el reciente renacimiento del formalismo reductivo y minimalista se ha proscrito todo espacio intermedio: porche, pérgola o ventana profunda. Quien proyecte edificios con estas sensualidades, que se resigne a no ganar por ahora ningún concurso o premio otorgado por los especialistas.
 
PD. Acabado este capitulo, el primero que escribí y el que me animó a continuar, me enteré por recomendación de la gran diseñadora de interiores Andree Putman, de la existencia del libro Elogio de la Sombra, escrito por el japonés Junichiro Tanizaki en 1933. He podido leer esta maravilla en su traducción al francés. En un principio temía que convirtiese mi escrito en una repetición sin sentido, pero la aproximación de Tanizaki es de muy diferente carácter y se concentra en el arte nipón que demuestra está dominado por la penumbra y sólo puede entenderse en las sombras,  a diferencia del occidental que, según él, es el arte de la luz. Una vez más nos sorprende la proximidad de Japón, el Zen, Gaudí, el Mediterráneo y la sensibilidad andaluza.
 
* Dentro de esta familia una ordenación jerárquica es siempre relativa, pues tan mágica es la sombra verdosa de un castaño de Indias como la vibración plateada de los chopos, pero encabezaría la lista con la del plátano, muy probablemente porque en la luz que se crea a su sombra interviene la reflexión del tronco, con su corteza tan particular a costras ocres y verde claro.
 
** Bellísimos ejemplares si se plantan aislados o rodeaos de otros árboles, pero de sombra escuálida y aspecto casposo cuando se agrupan en palmerales, por lo que no me explico su aglomeración en parques de mi ciudad.
 
*** Los cobertizos hechos con estos tejidos dan lugar a interesantes estructuras tensadas muy útiles para protegerse de la lluvia y la humedad pero que, por su falta de aislamiento térmico y por dejar pasar parte del sol, resultan muy calurosas. A priori expresé mi escepticismo sobre la eficacia de las velas climatizadas de la Expo de Sevilla. Tras visitarla comprobé que las interesantísimas pérgolas vegetales resultaban más refrescantes y su sombra más acogedora.