Para una urbanidad material

Hay que buscar la urbanidad en las cosas.

 

Hablar de Urbanidad en la ciudad contemporánea puede parecer una referencia anticuada, ya que se trata de un término de la ciudad física transferido al comportamiento social, individual o colectivo. Pero todo lo contrario, si pensamos en la urbanidad como en un contenido de lo material, como una condición de las cosas urbanas.

Se solía hablar de urbanidad como de una cualidad social de las persona, como de un código de buenas costumbres que configuran un comportamiento civilizado. Hay también una urbanidad de los lugares de la que hablan sociólogos y geógrafos: el carácter urbano de ciertos ambientes que resultan reconocibles a la hora de representar la vida en común. Para la sociología, desde Georg Simmel a François Ascher, el carácter urbano reside en aquellos espacios artificiales y públicos, que resultan especialmente propicios para las prácticas sociales colectivas.

Sin embargo, no hablamos aquí de esas urbanidades. Esas son urbanidades tangentes, metafóricas en realidad. Queremos hablar de las cualidades urbanas de las cosas, de la urbanidad de las cosas urbanas. De porqué y cómo lo urbano es urbano. Y aceptamos el desafío de los que menosprecian a veces los valores del espacio físico con el fin de dar primacía a los comportamientos, sin recordar que éstos vienen de modelo que, en su urbanidad, son espaciales, dimensionales, y físicos. De ahí podríamos aproximarnos a la clásica cuestión:¿hay también urbanidad en la ciudad no hecha o mal hecha?

Simultaneidad, temporalidad y diversidad son atributos de la ciudad. Para hacer ciudad, pues, hay que conseguir esto. Y hacer ciudad es el objetivo de todo proyecto urbano, a cualquier escala, en cualquier país, con cualquier programa: es verdad que pocas veces se consigue. Hay mucha confusión y excesivo verbalismo sobre lo que es urbano. “Arquitectura urbana” dicen hacer, muchos arquitectos, proyectando edificios complicados sin destreza. Extrañeza y complicación son confundidos con la supuesta complejidad urbana. E pepino de Jean Nouvel en una esquina del ensanche barcelonés es un edificio elemental, autista y autorreferente. El casi idéntico pepino de Norman Foster entre la City londinende establece tal riqueza en su compleja relación con el contexto, que bien puede decirse que es arquitectura urbana de primer orden. El tan entredicho crecimiento terciaro del el Pudong de Shanghái organiza el uso del los espacios libres en relación a un proyecto metropolitano que le confiere una moderna y muy cívica condición de nueva urbanidad, opuesta a la extraña sociedad emergente en la China social-capitalista; lo contrario del lacónico Canary Wharf londinense, puro almacén de edificios y empleos posmodernos sin la menor temporalidad o simultaneidad urbanas. La ausencia del subjetivismo de la Tate Modern es urbana, los recientes proyectos barceloneses anecdóticos de Toyo Ito o David Chipperfield, nada de nada. Los Ángeles es urbano, Berlín 2000, ¡qué lástima!, etc.

La urbanidad estará, pues, en aquellas construcciones materiales capaces de transmitir a los ciudadanos la comprensión de esos atributos. ¿Cómo, por medio de edificios, horizontes, suelos, circulaciones, signos de actividad o visiones, se produce el entendimiento, aunque fragmentario, de la ciudad total? ¿Podemos aceptar sin reparos la naturaleza teatral de la urbanidad, en cuanto capacidad de representar y resumir y reproducir acciones y pensamientos y conductas?¿Es un lugar muy intenso porque la relación entre lo que ocurre y lo que sugiere (o recuerda) es fuerte y evidente, tanto si el lugar es denso y activo como si es vacío, informe, marginal?

            La temporalidad está sobre todo en los muros y los suelos. En la ciudad consolidada, los muros hablan con los suelos. Sus texturas y diferencias matizan la uniformidad de los espacios y crean intersección y conflicto. En la relación suelo-pared se consigue la exhibición o el énfasis. Atender a los muros como materia del espacio urbano es reconocer el protagonismo indiscutible de las plantas bajas, allí donde se produce l a disolución del limite privado-público, la diversidad espacial de las circulaciones, los modos en que se interpenetran interior y exterior, en portales, aparcamientos, terrazas, comercios, etc.

            La urbanidad resulta de la articulación de cosas urbanas, que no depende de las funciones o la actividad, sino de la materia de muros y esquina, en desniveles y fachadas, en calzadas, aceras, ventanas, portales y vitrinas, en rampas y semáforos, en alineaciones y retranqueos, en gálibos y voladizos, en siluetas y anuncios, en plataforma y vacíos, huecos y descampados. No como los detalles de townscape, sino como materia continua del espacio construido.

Porque, atención: como hemos dicho, la urbanidad es un concepto que hay que rescatar de su habitual interpretación reductiva, como sinónimo de corrección, de convencionalismo , de urbanismo tradicional, asociado a la ciudad compacta, densa, central, europea. Para nada. Interesa un nuevo concepto de urbanidad, como algo que , precisamente, para la urbanización contemporánea (global, territorial, híbrida y dispersa), es su mayor riqueza. Es la urbanidad nueva de las distancias y los silencios de las periferias incipientes, de los destellos internos en las intersecciones en los descampados, de las presencias sordas de la construcción industrializada y de la arquitectura banal.

            Esta urbanidad de la materia está hoy en la periferia extensiva vacía y discontinua, al igual que en la ciudad densa y compacta. Y también en los centros comerciales o en los polígonos de viviendas, así como en los márgenes de las infraestructuras solitarias o de los hub intensivos.

            La urbanidad contemporánea que no está hecha de sólo de convivialidad, de ejes comerciales y centros históricos, de parques diseñados, de cafés simpáticos y de edificios públicos prestigiosos, sino de la nueva complejidad material de los territorios (complejidad de estructuras, usos, vacíos, niveles, tamaños, referencias). Proyectar para esta urbanidad material supone, por lo pronto, hacer de la confusión claridad, de la opacidad, lenguaje. Marchar en dirección contraria a la del recurso, a la complicación, escondite miope en tantos proyectos urbanos, y en consecuencia clarificar y expresar la superposición conceptual, característica de la ciudad contemporánea, en verdaderos diagramas materiales de esa complejidad.

            Para la urbanidad intensa importa la diversidad, la densidad cualitativa, más que la cuantitativa. LA densidad cualitativa que alude a la variedad y el número de referencias superpuestas en un lugar, edificio o zona. No cualquier densificación garantiza una intensidad mejor, sino, a veces, simplemente congestión o confusión- En la coexistencia de diferencias es donde surge la energía cualitativa urbana. La mixity más que la density puede caracterizar la urbanidad contemporánea, especialmente ausente en las periferias especulativa s o en los espacios turísticos, tematizados ad nauseam por promotores y arquitectos.

            Al reivindicar la urbanidad “material” estoy, pues, tomando toda la distancia posible de la idea, convencional y mórbida, de la urbanidad como calidad vaporosa, idealizada y simpática que casi se identifica con el reclamo turístico, en la cual el shopping, el chic y la animation serían la versión actual del “discreto encanto de la burguesía” que caracterizó muchos de los centros urbanos bienestantes de los siglos XIX y XX en Europa y EEUU. Esa fantasía ideológica tiene bien poco de material en su origen, y demasiado de whishful thinking sociológico y de atentado a la verdadera expresión de la urbanidad moderna.

            El proyecto urbano no está en la unidad formal del conjunto, ni en la pura congestión ni en el respecto al contexto por si mismo, sino en los elementos y episodios concretos que relacionan las personas con las cosas. Y, para determinado proyecto o tratamiento, hay que ejercitarse en l’attention aux choses, en su sentido más concreto. Como en el realismo crítico de las narraciones de Raymond Carver, o en los trasfondos filmados de algunos paisajes de Jim Jarmusch o Michael Winterbottom. Por esto dibujamos los proyectos urbanos al detalle, y el realismo minucioso no es ingenuidad sino encono, denuncia de vaguedades y exposición clara de la materia, para que ésta comunique su fuerza. Es el respeto a la materia lo que subyace a cierto nuevo realismo crítico. ¿Nueva Objetividad?

La urbanidad material es también función del “valor de uso”, viejo concepto marxista tomado aquí en su acepción más directa. Es el uso de los lugares lo que les confiere significación colectiva y, por tanto, no sólo el emplazamiento, sino la utilización real (frecuencia, diversidad, recorrido, contribución, coste, publicidad) de los usuario es parte importante del carácter, las referencias, el significado y la carga semántica que, como antedicho, son notas de la urbanidad material.

            La urbanidad intensiva siempre tiene que ver con la simultaneidad entre los dominios de lo privado y de lo público. Muchas veces he insistido en ello. La ciudad, tradicionalmente, ha sido un mecanismo de adecuación entre ambos, con ventaja oscilante entre una y otra parte en los distintos tiempos y lugares. Pero, si los espacios públicos son la imagen social de la ciudad y las casa privadas el privilegio del ciudadano individual, donde aparece la urbanidad contemporánea en su agrado máximo es en los que definimos como “espacios colectivos”, espacios híbridos, a la vez públicos y privados, donde la fuerza de los urbano como mecanismo mediador en lo espacial de las diferencias de lo social se hace concreta, material, conflictiva a menudo.

 

MODERNIDAD Y URBANIDAD

La idea de urbanidad que presidió la primera modernidad –la del movimiento moderno de las décadas de 1920 y 1930- tenía que ver con la regularidad y la repetición. Ideas ambas que, en su base estética, repetían con nuevas formas principios de origen y de visión de conjunto que la urbanística clásica –desde el renacimiento, el barroco y el neoclasicismo sobre todo- había adoptado como propios. Las tesis metropolitanas de Ludwig Hilberseimer, los proyectos residenciales de Ernst May o de Walter Gropius, tanto como el racionalismo formal de Le Corbusier fueron manifiestos de un orden funcional que el ciudadano respiraría como oxígeno de una urbanidad superior, de una civilización urbana hecha de espacio libre, de racionalidad técnica y de justicia social. Luego los arquitectos del CIAM desarrollaron, desde principios análogos, formas de ciudad que, con todos sus defectos y desviaciones, han dado lugar en todas las ciudades del mundo al mayor volumen de nueva construcción urbana que la historia jamás haya contemplado.

 

Éste fue el paradigma de la mayoritaria urbanidad moderna, la de la primera modernidad. Polígonos y edificios aislados, suelos libres continuos, vías segregadas con espacios separadores y acompañadas de coches aparcados, ausencia de patios interiores, exposición total a primera vista. La regulación (expresada en un sentimiento de espacio controlado por la autoridad, por la norma por la idea) fue la nota importante de esta urbanidad: reglas que son a la vez políticas y sociales, tanto como técnicas y geométricas. Regularidad y regulación, pues, como instrumentos del orden espacial, y repetición como mecanismo de respuesta al gran número, a las cantidades que la metrópoli debe atender. Conciencia explícita, por tanto, del gran tamaño de la ciudad moderna, declinada hasta el objeto arquitectónico sin mediación de referencias o escalas intermedias.

La fuerza de esta propuesta era incontestable. La claridad semántica del mensaje universal, socializante y emancipador de aquel urbanismo no podrá nunca subestimarse. Las reacciones nostálgicas del historicismo romántico o del ambientalismo populista –los espacios públicos, las calles peatonales, el pequeño comercio, la continuidad tipológica, etc.- pueden tener su parte de razón, casi siempre mal usada. Pero la urbanidad está también en la higiene de los espacios domésticos, convertida en racionalidad colectiva por su expresión exterior y por la participación visual de los espacios libres comunes. Las perspectivas de Le Corbusier o de Peter y Alison Smithson, con terrazas para contemplar el verde público en la distancia –la ciudad jardín vertical-, mostraban la forma efectiva de un nuevo civismo.

            Con todo, la ciudad entendida siempre como un hecho de grandes números concentró la preocupación de los modernos sólo en la cantidad, su urbanidad era la dela Grosstadt, y su desafío el asentamiento de la sgrandes masas populares. ¿La cantidad por delante de la calidad? Es probable que esta disyuntiva esté en el origen del urbanismo estructural, funcionalista y cuantitativo, dominante por más de medio siglo.

            Pero la segunda modernidad -¿supermodernidad?- se interesa hoy por la urbanidad de lo complejo, de las energías y los flujos, de la tectónica y de los sensorial, del vacío y de la dispersión. La gran metrópoli ha sido desbordada y los territorios se presentan como escenarios de interés a todas las escalas y tamaños- En este sentido, la urbanidad del proyecto contemporáneo no será la de la simple densidad como acumulación de cantidades, ni de la bigness como exageración de los tamaños, ni mucho menos la del formalismo de conjunto del new urbanism, o la del urban design funcionalista.

            El proyecto urbano ahora puede estas más en lo estratégico y lo material, en intenciones acupunturales sobre la piel urbana para afectar al organismo entero. Proyecto urbano que para ser efectivo es concentrado y puntual, limitado en su tiempo y espacio de intervención, pero abierto y extenso en su influencia más allá de si mismo. Con la exigencia técnica, presupuestaria, infraestructural y arquitectónica del proyecto constructivo. Con la superposición de funciones y la mezcal de usos, privados y públicos, y la caducidad de un programa ejecutivo. El nuevo proyecto de la modernidad quiere dejar atrás tanto el esquematismo del diseño estructural como las reducciones del contextualismo, para confiar en cambio a la riqueza de las materias la capacidad de construir la urbanidad contemporánea.