Y el resto, verde

Han vuelto los jardines. Están en la calle, en las exposiciones, en los concursos; los libros y las revistas hablan de ellos.

 

Estábamos tan acostumbrados as u presencia que toda relación con la arquitectura quedaba oculta detrás de su apariencia natural.

 

Han venido de repente y no bastan para explicarlo los consabidos argumentos que, desde la Sociología o la Ecología, reivindican para ellos un lugar en la ciudad. Sin desdeñarlos, es sólo desde los aspectos formales que se intentará comentar aquí cuáles pueden ser los motivos de su puesta al día.

 

La recuperación del tema del jardín para el diseño, en estos tiempos de inseguridad en la invención formal desde el estilo, en los que se recurre al revival, al eclecticismo, al realismo constructivo o al simbolismo, llega como una bocanada de aire fresco.

 

A diferencia de la obra de arquitectura, en el jardín la imagen está más determinada por la condición vegetal de sus componentes, y, al prescindir de la presencia obsesiva con que en aquélla se imponen estilos, adquiere un carácter de intemporalidad que le permite vivir en armonía y en actitud conciliadora con la arquitectura de cualquier periodo histórico. El trazado, a su vez, deja de ser reducción de la obra para convertirse en la realidad de la arquitectura y toma un valor más conceptual al coincidir en él idea y forma.

 

Parece oportuno pues, que el proyecto de jardines cobre especial atractivo, tanto por la aparente confianza en el diseño de su planta como por el resultado agradecido y evocador de su imagen. Pero aun cuando al compararla con la obra de arquitectura se pudiera pensar que esta imagen se equipara a la que resultaría de la utilización de elementos arquitectónicos primordiales  -ventanas, puertas, cubiertas...- no por ello desaparece la dificultad de su invención; más bien exige, si cabe, una mayor seguridad en los aspectos figurativos, cuya evidencia en el trazado es absoluta.

 

La forma de los árboles y plantas se hace tan independiente, por no manipulable, que los tipos y estilos de jardines se identifican por el trazado, por las especies elegidas y por los complementos arquitectónicos, debatiéndose, a lo largo de la historia, entre la imitación de la arquitectura y la imitación de la naturaleza, extremos ambos ejemplarizados por el jardín francés y el jardín paisajista inglés.

 

Es a partir del Movimiento Moderno cuando el jardín que corresponde a una determinada arquitectura encuentra mayor dificultad en su definición: la abstracción y el radicalismo del mundo figurativo moderno y el carácter ejemplarista y purificador de sus elementos formales en apoyo de la expresión de una teoría, no dan cuartel a las formas del mundo vegetal, lo que explica el abandono del tema del jardín por parte de quienes fueron los protagonistas de este período de la arquitectura. Si añadimos a esto la imposibilidad de introducción de la idea de funcionalidad en un jardín desde la visión maquinista y el desfase entre tiempo de crecimiento de los vegetales y la sucesión febril de experiencias plásticas a partir de la década de los diez, nos resulta menos paradójico que precisamente cuando en la obra de arquitectura el trazado de la planta adquiere mayor libertad como generador de forma, la función  del jardín queda relegada a una presencia indefinida y complementaria por su valor ambiental e higiénico y, en muchos casos, servirá para reforzar el carácter artificial y abstracto de la arquitectura.

 

Así, en líneas generales, el diseño de jardines se limita a lo largo de este siglo a la utilización de los repertorios formales propuestos en el siglo XIX, sin establecer grandes diferencias ni innovaciones; sin embargo existen testimonios de marcado carácter conceptual y simbólico, o como extensiones y prolongaciones de la arquitectura, en un afán de control y acotamiento del mundo vegetal.

 

La arquitectura brasileña de los años cincuenta, desde una posición menos comprometida, importa el repertorio formal de Le Corbusier. En este ambiente, el polifacético diseñador Roberto Burle Marx, no tiene inconveniente en combinar los dibujos de las pinturas cubistas de los artistas europeos a modo de trazado con las plantas de rápido crecimiento de las selvas del país, logrando inventar un nuevo tipo de jardín. Burle Marx se convirtió, después de múltiples realizaciones de parques y jardines acompañando a las arquitecturas en boga, en una figura mundial a la altura de los grandes nombres de la jardinería - André Le Nôtre, William Kent, Lancelot Brown, Humphry Repton, Joseph Paxton, Adolphe Alphand, Fredrick L. Olmsted, Gertrud Jekyll, J.N.C. Forestier...- cuya influencia se deja todavía sentir en muchos jardines de nuestros días.

 

Los proyectos de jardines que Juan Antonio Solans ha encargado en el marco de una operación que prestigia al Ayuntamiento de Barcelona, vienen también a sumarse a la actualidad del tema, y es a propósito de estas notas el comentario de los mismos. Ha parecido conveniente, para ello, hacer referencia a otros ejemplos de calidad reconocida que permiten situar mejor las propuestas que aquéllos ofrecen.

 

Los editores Rothschild, en 1869, publican en dos volúmenes Les Promenades de Paris, del ingeniero Jean Adolphe Alphand, donde se recogen todos los proyectos de jardines que realizó como director del Office des Promenades de la Ville de Paris, cargo que desempeñó desde 1854 a las órdenes del Barón Hausmann, entonces Prefect de la ciudad.

 

Etos libros se convirtieron en el documento más importante de la época, ya que no hubo corte, o gran ciudad, que no los poseyera y son el tratado más ejemplar que existe sobre jardinería urbana.

 

En Les Promenades aparecen tanto proyectos de transformación de los parques reales de Boulogne y Vincennes en áreas públicas, como el ilusorio y fantástico parque de Buttes-Chaumont, los de Montsouris y Monçeau y el ajardinamiento y arbolado de todas las plazas y calles, restos de la reforma de la ciudad, llevada a cabo por el Barón con el fin, no sólo de llenar con vegetación los vacíos urbanos, sino también de ornamentar y embellecerla.(1)

 

En el modo de entender los proyectos como un conjunto, tanto por la continua presencia de la forma de la ciudad en los trazos -que incluso llegan a resolver puntos contradictorios de la transformación de Hausmann- como por las soluciones particulares frente a cada edificio o resto histórico encaminadas a acentuar su carácter monumental, es donde debemos encontrar la novedad de la intervención. Basta compararlos con anteriores experiencias de parques públicos ingleses, inventados en época victoriana, para ver que éstas habían sido actuaciones aisladas en la ciudad, y que a pesar de sus fines de oxigenación, sin olvidar sus aportaciones formales, estaban muy lejos de las intenciones estéticas a gran escala que se proponían el Barón y Alphand en París, cuando reinaba Napoleón III.

 

Salvando las distancias entre París y Barcelona y entre el Emperador y el Alcalde, la Operación Solans no deja de tener sus parecidos. Aquí también se trata de ajardinar los restos de sucesivas intervenciones urbanas -no precisamente las de Hausmann- por distintos proyectistas que han llegado a resultados muy diversos y de los que tan sólo Solans poseía la solución del cadavre-exquis, que una vez juntos componían y que su exposición desveló.

 

Si algunos de los proyectos pueden compararse por su número a la operación parisina, éstos son los que ha realizado el Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento bajo la dirección del arquitecto Joaquín Ma. Casamor. No obstante, la posibilidad de una nueva visión global, las experiencias municipales anteriores y el conocimiento previo de las especies vegetales y los elementos de ornamento a disponer hacían prever un final más feliz que el logrado. Es evidente que, cuando unos terrenos deben, además de ajardinarse, acumular programas demesurados para sus exiguas superficies, agravados por unos perímetros, alineaciones y desniveles anormales, hallar para ellos soluciones óptimas es una tarea extremadamente difícil.

 

La híbrida solución de la Plaza Lesseps, consecuencia de un desatino colectivo, es un ejemplo que probablemente sólo una idea más radical hubiera podido salvar. A pesar del acoso de las condiciones, un espíritu de unidad y de orden con los entornos urbanos aparece en la mayoría de los proyectos. Particularmente los jardines de la calle Vesubio, Plaza de Mossèn Clapés y Plaza Cerdá están resuletos con el oficio de un buen conocedor del tema.

 

Dentro de este grupo de proyectos municipales, destaca por su singularidad el jardín del arquitecto Nicolau Ma. Rubió i Tudurí para la plaza frente a la Sagrada Familia. Para lograr un conjunto entre edificio y jardín, Rubió propone una idea segura y eficaz: situar un estanque de modo que la Fachada del Nacimiento se refleje en su superficie vibrante y obtener así una nueva imagen de la obra de Gaudí.

 

El encargo más ambicioso y de mayor superficies es el Parque de Nord-Glòries. Su programa de servicios es extenso junto a la trama Cerdá circundante lo convierten en un trabajo difícil. Se han presentado dos soluciones distintas.

 

El proyecto de los arquitectos Pedro Llimona y Javier Ruiz Vallés confía su organización interior y su relación con el entorno a la arquitectura y geometría de los equipamientos. El resultado, aun cuando logra puntualmente sus objetivos, no consigue desde su conjunto que dejemos de recordar el carácter residual que la zona posee.

 

En el proyecto de Luis Iglesias, las áreas ajardinadas y de servicios quedan claramente delimitadas de manera que el problema parece simplificarse, permitiendo entonces resolver con mayor libertad los trazados interiores del parque y las uniones con la trama. La unidad del rosario de espacios verdes se consigue mediante la superposición de las ortogonales de las calles y la diagonal de la Avenida Meridiana cuyo centro se sitúa sobre el Paseo de San Juan en la plaza cuadrada-ortogonal. El propio parque de Les Glòries, definido por la yuxtaposición de dos grandes cuadrados, resuelve su trazado en planta al recoger y prolongar con serenidad la forma del nudo de la autopista. La imagen final tiene la cualidad de no ser extraña a la forma de la ciudad.

 

 Situado junto al parque de Montjuïc, el Jardín de la Primavera de R. Gómez, I. Jansana, D. Navas y N. Solé, es un ejemplo de revival estilístico que se presenta con imágenes próximas a las de los jardines que, para aquél, proyectara Forestier. La acumulación de citas en un espacio tan reducido con la consiguiente dificultad para encontrar una transición clara y natural entre ellas -la mano proyectista podría reconocerse en el modo de realizar el collage- concluye en una serie de impresiones parciales a través de las cuales no se revela su identidad.

 

En el proyecto del Estudio MAD para el parque de Can Carreres-Can Quintana, por medio del recorrido a su través, se llega a un resultado unitario. La rotundidad formal de éste y sus acentos sobre la arquitectura -que también se proyecta-, consecuencia de la intersección de edificios y ejes, provocan la ilusión de ser los instrumentos con los que el entorno -perímetro, la topografía, la disposición de las tramas circundantes y la variedad de sus edificaciones- encontraría un orden. No obstante, las soluciones que se aportan responden a situaciones internas del proyecto más predeterminadas y, ajenas a los problemas del exterior, vienen, por último, a sumarse al caos.

 

Los proyectos comentados aquí por separado permiten ser agrupados según la edad de sus autores: los jóvenes dirigen su interés hacia la representación de las tendencias de actualidad y de los elementos arquitectónicos complementarios que infunden seguridad a sus diseños. Los mayores más familiarizados con el tema atienden más a los aspectos del oficio. Sin embargo, en la plenitud de su vegetación, nos dejaremos llevar por las imágenes placenteras que evocan estos jardines y que hoy vemos en sus antecesores.

 

Mientras tanto, satisface pensar que el tema de los jardines, ya casi olvidado, ocupará de nuevo nuestras horas frente al tablero de dibujo.

 

 

NOTAS:

1 En palabras de Hausmann: "Le encargo embellecer lo que yo he limpiado y saneado." Antoine Grumbach, The Promenades of Paris. Oppositions 8.