Los muros verdes del Empordà

El elemento más característico de la morfología territorial de la llanura del Alt Empordà es seguramente la persistente sucesión de las largas líneas de cipreses. 1 Este elemento se encuentra en otras zonas mediterráneas, pero aquí - y especialmente en el característico sector del entorno de Vilabertran -toma un valor protagonista porque se constituye en el parámetro ordenador de la llanura con una lógica formal enraizada en las condiciones físicas originales, en el proceso histórico de los asentamientos agrícolas y residenciales y en la capacidad de construir una imagen artificial compuesta coherentemente. Las pantallas sucesivas de cipreses alcanzan, pues, en esta región, un papel más preponderante que en el Bajo Ródano, en el Rosselló, en Grecia o en la Toscana, . donde su accidentalidad las sitúa como hitos referenciales de un paisaje cuya morfología responde a otros órdenes compositivos. Aquí, en cambio, son como muros de una arquitectura que se ha apropiado del paisaje. Los muros verdes del Empordà responden morfológicamente a una idea de urbanización del territorio, urbanizacton condicionada a un clima, a unos usos y a una división del suelo, pero también a una voluntad formalizadora que casi podríamos llamar urbana. Su implacable geometría formula un trazado de ciudad laberíntica donde lo funcional se reviste de una figuratividad en la que se descubrirían incluso los símbolos de todo un proceso de civilización.

 

La explicación de los muros de cipreses como una consecuencia del sistema de vientos· y del uso agrícola es la más inmediata y la más conocida. Los vientos mediterráneos responden a la alternativa de la montaña y el mar, que en las costas catalanas -o en las llanuras precosteras como el Empordà- determina la "tramuntana" y el "llevant". La lucha contra los vientos ha configurado el paisaje mediterráneo y ha justificado muchas implantaciones residenciales: la Costa A.zul, la Riviera, Mallorca o la Costa del Sol han adquirido importancia turística precisamente porque son zonas protegidas del viento del Norte. Este viento -la "tramuntana"- es precisamente el elemento característico del clima del Empordà. Las divulgaciones geográfico-turísticas como las de P.Deffontaines explican que “los hombres procuran proteger sus cultivos y sus casas contra el peligro de esos vientos. Un árbol sin hojas, pero de espesas ramas, el ciprés, ha servido para construir en muchos sitios verdaderos biombos que resisten a: las tempestades más violentas, a las sequías más persistentes. Este árbol ha sido el gran aliado del hombre contra el viento. En los países mediterráneos es frecuente y profuso, y su silueta vertical y su mancha verdinegra comunica a muchos paisajes un aspecto sepulcral y funerario que contrasta con la claridad de la luz y lo rutilante de los colores".

 

El paisaje original del Empordà estaba dividido en dos grandes zonas: lagunas y marismas en la llanura y bosques de encinas en la montaña. Entre los siglos XIV y XV empieza un proceso de colonización interior con el saneamiento de marismas y el trazado de un sistema de riegos que permite el incipiente establecimiento del cultivo del arroz junto a la costa. A partir del s. XVIII se establece ya el sistema de explotación agrícola que ha marcado las características actuales: el arroz reducido a las zonas húmedas, la trilogía trigo-maíz-alfalfa en las tierras fértiles del llano y la viña, el olivo y el alcornoque en las zonas del norte y el oeste. La filoxera y las plagas de los olivares provocan a finales del XIX una decadencia de las zonas secas, mientras el aumento del regadío perfecciona los cultivos del llano, donde se va implantando la explotación de los productos hortícolas y fruteros. Si el maíz necesitaba un sistema de protección de los vientos, la horticultura lo exige en una disposición todavía más densificada y sistemática. Los muros de cipreses se multiplican siguiendo el ritmo de ampliación del sistema de pozos y acequias. El área de Vilabertran fue como una isla de cultivo intensivo de regadío, ejemplo prematuro de esa transformación. El laberinto de muros verdes que allí se concentra es, pues, una primera respuesta lógica a un sistema de explotación agraria que ha necesitado transformar radicalmente las condiciones naturales de la región.

 

Pero esa transformación del paisaje tiene también una relación directa con la forma de subdivisión del territorio -factor asimismo concurrente a la transformación agrícola. El lento repoblamiento consiguiente a la Reconquista, que sigue los antiguos esquemas de la administraGión romana - puntualizado en "oppidae" y "villae"-, sufre un cambio fundamental a partir de la conversión de las lagunas y marismas. Inicialmente. las tierras de dominio público pasan amanos particulares y se transforman en las grandes estructuras agropecuarias llamadas "cortals". Parte de ellas, en los siglos XVIII y XIX, se reparten entre los vecinos de los pueblos que se han ido constituyendo, con lo cual se configura una nueva dimensión de la propiedad -las "peces" y las "feixes" que oscila alrededor d~ una "vessami". La ·forma de las nuevas parcelas es muy estrecha y alargada, a menudo con la línea de sumayor dimensión perpendicular a los caminos y a las acequias. elementos indispensables de servicio y cuyo mayor rendimiento colectivo estaba en función de la mayor cantidad de parcelas a servir y, por lo tanto, de la menor longitud de "fachada" de cada una de ellas.

 

La alternancia de fincas grandes y "peces" pequeñas -sin una localización que se explique por razones morfológicas, sino por transformado" nes históricas de origen. diríamos. contractual o político- da esa peculiar variedad del territorio ampurdanés. Variedad que se hace más intensiva y sofisticada, naturalmente, en las parcelas pequeñas. Los muros verdes de protección tienen en esos límites de propiedad otro "pattern" de configuración. Así, el sistema se puede definir según diversos parámetros: barrera contra los vientos dominantes; linde de la unidad de cultivo; cuadrícula infraestructura! implantada en todo el territorio, aproximadamente perpendicular a los caminos y las acequias; formalización de núcleos de mayor densidad que corresponden a divisiones territoriales y a intensificación de cultivos.

 

Pero los aspectos más interesantes de este territorio son quizás los · más inmediatamente formales, referidos no sólo a una coherencia compositiva, sino también a unas raíces antropológicas y a una manera de entender la operación arquitectónica en relación al 1 ugar. De alguna manera, la sucesión de muros verdes indica una forma de adueñarse del territorio, un asentamiento que se puede plantear como uno de los tipos originales del establecimiento humano.

 

Para la configuración de una tipología a partir de la cabaña invocada por Laugier. que Quatremere de Quincy ha de ampliar con la cueva y la tienda, hay que tener en cuenta también el sistema de muros verdes, cuyos precedentes se pueden encontrar asimismo en una antigüedad más remota. No es sólo en el esfuerzo de cubrir o de horadar donde se podría encontrar el origen de la arquitectura, sino también en la voluntad de dividir, excusada en problemas de defensa climática horizontal, en limitaciones de propiedad, pero fundamentada en una voluntad de creación de unos espacios y .en una preinvención del muro continuo que, paralelamente a la discontinuidad de los pilares y a la globalidad de la tiendacúpula, ha marcado otra línea de intervención arquitectónica a lo largo de toda la historia.

 

El templo griego y el laberinto serían. en el punto álgido . de una civilización, los arquetipos que provienen de la cabaña y de los muros verdes de la agricultura mediterranea. Y si el sistema de pilares tiene como parámetro fundamental en su origen la facilidad inmediata de la construcción, el muro · nace en una operación· psicológicamente más compleja, respuesta a la problemática de los pasos ya más acelerados de la civilización urbana: el espacio privatizado, cerrado, donde se organiza un sistema de actitudes íntimas y personalizadas. Penetrar en el laberinto verde del Empordà comporta aceptar la existencia de espacios cualitativos distintos, negar una uniformidad que sólo nos pertenece por relaciones sociales y yuxtaposición. Comprendemos en aquel misterioso ambiente las alucinantes historias de la tradición local con los repentinos amantes que buscan en el vasto paisaje el apoyo del muro vegetal, el rincón secreto que cobija sus precipitadas pasiones; la discreción artificial para el "voyeur indiscret" que espía a través de la opacidad trémula de los cipreses; la frontera de intimidades y dominios recelosos. La formalización, pues, de un paisaje como establecimiento humano artificial. La colocación sobre el territorio de un signo de apropiación humana, transformándolo en lugar, en espacio cultural. Es decir, el logro de un espacio "artístico".

 

Tan artístico que en él parece trastocarse cronológicamente la relación arte-naturaleza. Porque los famosos dibujos de las hileras de cipreses de Van Gogh parecen más bien un proyecto de Empordà, en el que según la apasionada versión de Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte, a un arte que, al referirse al paisaje artificial lo hace en una inicial intención creativa que coincide con la de nuestros viejos labradores construyendo contra tramuntana su primer reducto de intimidad. “Si Pietro Lorenzetti no hubiese pintado el paisaje italiano con sus hileras de cipreses y sus campos de viñas verde claro ¿cómo hubiese concebido Tribolo los jardines Boboli?” Pero ¿el paisaje italiano hubiera sido así, si en la historia del arte no tenía que venir indeflectiblemente un Pietro Lorenzetti?