Los Ensanches: Hacia una definición

Casi todos los historiadores del urbanismo han sido bastante evasivos al tratar del siglo XIX. La historiografía, en los últimos 30 años, ha presentado este siglo como período de transición, dominado por los términos de una industrialización omnímoda que, traduciéndose en un caos urbano generalizado que quebraba las viejas posturas barrocas y neoclásicas, no vería todavía sin embargo las luces de la moderna racionalización funcional hasta bien pasado el 1900. Para Mumford, por ejemplo (1), la industrialización supone un traume al viejo orden urbano y social que no tiene respuesta urbanística alguna. El caos y la miseria de la ciudad industrial es sólo~ para él, alerta trágica en la que reagrupar las fuerzas de un nuevo comunitarismo que, a través de los movimientos de la «garden city» y las «new towns» busque una nueva alternativa a la idea de ciudad como parroquia. Pero no hay orden urbano del momento; no hay respuesta consciente otra que el lamento, la profecía o la evasión. No hay un urbanismo de ese siglo, sino todo lo contrario.

 

Giedion, por su parte, en su clásico tratado (2), caracterizó el siglo como el impacto que el nuevo desarrollo tecnológico impone a la ciudad y a la sociedad, y que quizá sólo la ingeniería alcanzase a recoger con coherencia. Desde las proposiciones arquitectónicas no se atiende sino a pasados escolasticismos o a veleidades figurativas. El tiempo servirá sólo de incubación de la explosión funcionalista de los 20, cuando la racionalidad técnica de los nuevos tiempos sea reconocida por el movimiento urbano. Hasta entonces, nada desde los últimos neoclásicos ingleses y las remodelaciones centroeuropeas. Quizá sea ese cierto determinismo tecnológico latente eri Giedion -como el sociologismo de Mumford- el que hace su crítica ciega a muchas de las cuestiones urbanas que por todo el siglo se gestaron y que bien iban a resultar las· bases de situaciones posteriores, y actuales, sólo aparentemente «modernas».

 

En todo caso, incluso Benevolo (3) o Choay (4), buscando una interpretación más dialéctica de las tensiones latentes en la ciudad decimonónica, entran en consideración de los proyectos urbanísticos de la época tipificándolos según una dicotonomia ideológica en «progresistas-reformistas » (higienistas, ingenieros, administradores municipales, legisladores de vivienda) y «utopistas-culturalistas » (socialistas utópicos, revolucionarios sociales). Entre los primeros correría una línea desde la «regulación» de Haussmann y Cerda hasta el racionalismo de Le Corbusier; entre los segundos, la tradición fabiana y el vialismo utópico bastas Geddes y Abercrombie.

 

En Choay, estará el conflicto ideológico como explicación de las propuestas urbanísticas; escisión entre urbanismo y política será para Benévolo la raíz de las futuras crisis de la disciplina. ¿Confusión quizás, en ambos, en apreciar el sentido real que los distintos planes iban tomando en la función de la ciudad capitalista, al margen o al traspié de lo que las posturas individuales pretendieron proclamar? ¿O descuido, también, en detectar el contenido teórico específico de las múltiples aportaciones fundamentales, que a lo largo del siglo se producen, sin confundirlos con un determinismo ideológico, sólo formalmente político?

 

Ha sido recientemente, con los varios trabajos de Folin y Piccinato sobre todo, cuando se ha planteado una nueva aproximación al urbanismo del último XIX, con la discusión de los orígenes de la metrópolis capitalista (5). Los urbanistas alemanes de fines de siglo (Stubben, Baumeister, etc.) han sido objeto de reconsideración, tanto en su valor de tratadistas como en su experiencia de ingenieros, proyectistas de la «gran ciudad». Sus dos grandes temas, 1) la teorización de los problemas circulatorios, y 2) las técnicas de zonificación y control del uso (y el valor) de los suelos, son vistos como las características de toda una nueva metodología que había de extenderse universalmente como tratamiento racionalizado de la nueva metrópoli basada en la lógica capitalista del intercambio y el plusvalor.

 

Es justamente en esta discusión donde la experiencia de los «ensanches» de las ciudades mediterráneas toman plena relevancia, y donde su olvido puede comportar simplificaciones excesivas, a veces. Es cierto que los ensanches no son importantes en aquellos países (los anglosajones y germánicos) de donde ha surgido tradigrandes ciudades se hicieron sobre todo en los siglos xvn y XVIII como capitales mercantiles obre las que el impacto industrial actuó más como transformados de la ciudad existente que coomo creador «ex novo». Pero hubo ciertamente, n otras latitudes, ciudades que nacieron (o reacieron) con el nuevo orden socio-económico y cuya formación se muestra directamente expresiva de los valores de la nueva sociedad industrial. Sobre todo en la Europa meridional (como en los Estados Unidos de América) estos ejemplos resultan básicos para entender, sin saltos idealistas ni nominalismo escolásticos, los pasos que van de la ciudad mercantil a la ciudad industrial y a las metrópolis, y de los principios de trazado urbano neoclásico hasta el urbanismo funcionalista de la Carta de Atenas y al «planning» urbano-regional.

 

En efecto, los ensanches recogen la forma de hacer de aquellas actuaciones globales del XVIII, que, a diferencia de los proyectos puntuales del primer barroco, se proponían ordenar de conjunto la totalidad de un área urbana. Pero en los ensanches, esa idea de ordenación unitaria se extiende ya a la fábrica entera de la ciudad y no sólo a una parte o barrio de la misma. Hay pues diferencias de escala importantes que caracterizan los proyectos de ensanche del XIX.

 

Pero además el razonamiento metodológico del proyecto urbano ha evolucionado fundamentalmente, descomponiendo en sus elementos, lo que en los neoclásicos era definición unitaria del resultado arquitectónico final. La reconstrucción de la «Baixa» de Lisboa, o los «borgos» austríacos de Trieste, por ejemplo, caracterizarían aquella forma neoclásica de proyectación urbana, que partiendo de la definición tipológica de una unidad edificadora, sistematiza su generalización a toda un área como mecanismo de ordenación de conjunto. El área y el tipo son, pues, los puntos de partida del proyecto, de los que deductivamente resultarán la ordenación morfológica y la organización de los servicios infraestructurales. Y puede decirse que es a esa aplicación del tipo inicial al área de proyecto, esa conversión en sistema tipológico concreto, lo que constituye el proyecto. Proyecto que, no obstante, acaba por definir en su resultado, también la totalidad formal de la trama viaria (morfología) y de los servicios (infraestructura) .

 

En los «ensanches» se recoge esa voluntad de proyectar la totalidad de la fábrica urbana como si de un único edificio se tratara. Pero la comprensión de la ciudad y de sus elementos se racionaliza analíticamente, a través de una comprensión totalmente nueva del proceso de construcción de la ciudad, en sintonía con el nuevo contexto socio-económico. Es el lúcido entender que la ciudad ha dejado, con las revolucionarias conmociones del maquinismo, de ser fisica secreción fósil de estructuras sociales más profundas, convirtiéndose en motor activo y protagonista de la dinámica económica. Y que la sobrecogedora avalancha de población y actividades que acumulándose en eufóricas concentraciones rompía todo anterior orden urbano, iba a convertirse no sólo en característica principal sino en connatural componente de las ciudades del nuevo siglo. Y es así como los «ensanches» se encadenan a la lógica del suelo y del crecimiento nuevos «leit motiv» del desarrollo urbano, que va a convertirse en los sujetos privilegiados de la atención ordenadora del proyectista.

 

Casi 50 años antes que los alemanes prepararan, formalizándola en ordenanzas y proyectos, la racionalización sistemática de la metrópoli capitalista (6), ya en esas ciudades meridionales la claridad del juego de mercado del suelo y la instrumentación del construir la ciudad como negocio especulativo, había sacado a flote mecanismos urbanísticos, elementales , pero terriblemente eficaces que por su coherencia cultural iban a constituirse en los mismos cimientos históricos de la metrópoli moderna. Mecanismos que por primera vez relacionaran en forma múltiple y abierta infraestructura y edificación en la ciudad, introduciendo una idea de planearniento urbano como ordenación del suelo con control unitario y gestión múltiples, que está a la base de la idea metropolitana de la Grosstadt, desde Otto Wagner al Gran Berlín y a los modelos de Jules Henard. Dimensión espacial y figurativa de aquella coherencia económica y jurídica que coloca a los «ensanches» entre los episodios básicos en la historia de la formación de la moderna metrópolis capitalista. Porque, estrictamente, ¿por qué considerar los ensanches como un momento específico? ¿cuáles fueron sus aportaciones históricas peculiares? La respuesta podría quizá resumir en cuatro aspectos las principales innovaciones definitorias del ensanche como forma urbanística específica. Los ensanches significaron, en efecto:

 

a)                  una nueva idea de ciudad. Una ciudad que respondiera, primeramente, al nuevo orden racional- liberal. Una ciudad donde los valores exaltados eran los de la nueva civilización maquinista, donde el progreso se identificara a la las formas económicas y jurídicas de la promoción liberal privada, y lo distingue claramente de los modos anteriores de hacer ciudad – en técnica y a la higiene, la razón a la cienCia y el orden a la igualdad. Donde el mercado competitivo resolvía las diferencias e integraba las iniciativas individuales. Donde la necesidad de representación de la burguesía como nuevo grupo dominante pudiese reflejarse a sí misma como totalidad social, en una imagen urbana con la fuerza integradora necesaria para satisfacer sus contradicciones como clase. Samoná insistió muy certeramente (6) sobre esa duplicidad de la conciencia burguesa que, igual que en la casa, mientras guarda para la intimidad doméstica el descuido de lós dormitorios o las cocinas como zonas de servicio se esfuerza en mantener un decoro público para las estancias representativas principales del salón y el recibo, necesita en la ciudad dar una imagen pública de sus valores (fachadas amplias y representativas, condición higiénica de la vivienda, acceso circulatorio preponderante, etc.) a través de una forma propia de ciudad.

 

En este sentido es importante notar como el ensanche en tanto que gran ciudad residencial supone un paso histórico de especialización de la antigua trama urbana, contenedora jndiscriminada de todo tipo de funciones y actividades. Este dominio del carácter residencial de la ciudad, nuevo en la historia, presidirá los criterios de trazado y de ordenación (higiene, representación, rentabilidad), pero, simultáneamente, mantiene una intención de estar haciendo ciudad total, o lo que es lo mismo, la implícita asunción de que el ámbito residencial de la burguesía es el ámbito total de la ciudad, o de que aquél sintetiza y representa todas sus partes. La industria, por ejemplo, o los ferrocarriles o la residencia proletaria serían componentes estructurales de aquella sociedad y que sin embargo no son recogidos con igual fuerza en el diseño de la ciudad como propios elementos de la misma.

 

Pero además la idea del nuevo orden urbano está presidido por la concepción de la ciudad como negocio: la progresiva formación de un mercado residencial es la condición previa de esa expectativa crematística de la construcción urbana. El cambio a un modo de producción industrial, con la consiguiente concentración de población activa en las ciudades supone una. creciente demanda de vivienda, demanda que, · en su doble condición de asalariada y numerosa va conformándose como masa monetaria susceptible de explotación también desde la oferta de la casa. Estas condiciones disparan las expectativas . sobre el aprovechamiento rentable del suelo urbano, y sobre la instrumentación del crecimiento de la ciudad como empresa apoyada en la esperanza especulativa sobre los beneficios .de la construcción (las rentas de alquileres, y el plusvalor del suelo).

 

Los ensanches comprenden hasta su quintaesencia lo simple y lo fundamental de ese razonamiento especulativo, y con él, como un lenguaje innatamente aprendido, van a desarrollar su manifiesto de lógica y eficacia. Su valor histórico está precisamente en la capacidad de racionalizar (y por tanto, al límite, de negar dialécticamente) aquella ciudad capitalista en cuyo origen visceralmente se encuentran, permitiendo no sólo la aparición de sus formas culturales más ricas y progresivas, sino también la superación (o la contradicción, o la independencia) de aquellos supuestos de los que partía.

 

b)                  una nueva actitud metodológica. Esta estriba, básicamente, en dirigir la proyectación urbana a la ordenación por sí sola, es decir, en distinguir en la construcción de la ciudad un momento previo de ordenación del suelo de las fases posteriores de urbanización (construcción de vías y servicios) y edificación (construcción de edificios). La perfecta comprensión de estas tres fases por separado es la que asegura al ensanche una eficacia de gestión coherente con el barroco o en la Edad Media- donde el proyecto simultáneo de la totalidad construida del conjunto urbano implicaba una gestión unitaria y simultánea también de la construcción del mismo en todos sus componentes (7).

 

La ordenación del crecimiento como tal, tomaba cuerpo de proyecto propio, independiente de las formas y tiempos de ejecución efectiva de las infraestructuras y los edificios que habían de realizarla. Tomar el crecimiento, en cuanto proceso dinámico, como objeto de planeamiento era dar el paso decisivo que ligando proyecto a expectativa viene a identificarse con el carácter especulativo que cualifica la ciudad moderna. Puesto que la producción de la ciudad es promovida ahora desde el capital, es el plusvalor en cuanto expectativa el que se sitúa al centro del proceso; y la ordenación del suelo se hará necesaria en cuanto garantía de esa expectativa. Ordenando el suelo se estabiliza y jerarquiza su valor: disponiendo accesos, vías, servicios, puntos singulares, reparto de cargas y beneficios de la obra urbanizadora. Sólo así, fijadas las constantes del plan, el valor del suelo puede sólidamente establecerse sin riesgos fortuitos ante el futuro, y puede funcionar el mercado inmobiliario a su nueva escala, tan extensa y voluminosa, que sería imposible detallar en un plan tradicional, de total concreción arquitectónica.

 

Y ese convenio de expectativas que el ensanche zanja, va a ser, además, garantizado desde el poder público. Poder local municipal que, representativo de los nuevos intereses en auge, va a gestionar el negocio de los privados con el sentido de una autoridad que ve su fuerza y su razón en la preocupación y el reparto entre intereses concurrentes, y la cosa pública como el transparente resultado de la libre competencia entre los participantes. Es la aparición de esta función abstracta de control y garantía desde la autoridad, de una promoción múltiple y. privada expectante, la que se corresponde con la separación metodológica entre ordenación del suelo y construcción urbana efectiva. Reservando al poder público local la administración de la primera, y a la libre iniciativa privada la ejecución de la segunda, eventual y paulatinamente.

 

c)                  nuevos instrumentos. La ordenación se basa, en los ensanches, en la conjunción. del trazado más las ordenanzas. Nunca hasta entonces, la relación entre la morfología urbana definida en los planos y las distintas tipologías edificatorias expresadas en las ordenanzas escritas había sido proyectada con tanta flexibilidad y riqueza potencial.

 

En los ensanches es mínima la sujección del trazado a los criterios de composición estilístico o a condicionantes tecnológicos de construcciónNo hay sino ver lo muy variados que son los tipos edificatorios que aparecen en los ensanches tanto en los proyectos, como, a posori, en su real desarrollo. Se trata, efectivaente, de una forma de hacer ciudad, que definida previamente en abstracto, con su trazado, matriz general de ordenación del suelo, y, por otro lado, con las ordenanzas el posible reperorio de edificaciones, y la casuística normaliza-· da con que pueden aparecer.

 

La plena utilización de esos instrumentos normativos -trazado y ordenJmza- cuyo desarrollo va a ser enorme a partir de aquel momento, no es, sin embargo, la única novedad técnica introducida en los ensanches. Como instrumento operativo, es decir, en el plano de la ejecución, los planes de ensanche van a contar con una nueva legislación específica que se lanza adecuadamente para facilitar su puesta en obra. La expropiación y la reparcelación aparecen en el marco legislativo como trámites que vienen a dar eficacia y reconocimiento a la gestión de los ensanches. Sobre todo, serán por fm las leyes de Ensanche (9) el cuadro jurídico propio por el que el enfoque y la experiencia de la ordenación del crecimiento urbano en ensanche va a ser recogida institucionalmente. En este sentido, y por lo menos para el caso español, estas primeras leyes Urbanísticas significan un avance gigantesco en el desarrollo teórico y práctico del urbanismo. 

 

· d) una teoria. Desde el Renacimiento no había existido una teoría de la ciudad. La nueva idea racionalista de la ciudad, la comprensión del crecimiento como proceso sujeto a proyectación, y el articulado de su gestión con instrumentos normativos y operativos permiten un nivel de síntesis nuevo que Ildefonso Cerda iba a hilvanar parsimoniosamente. Su monumental «Teoría General de la Urbanización», desgraciadamente extraña a la cultura urbanística internacional, desarrolla desde la ingenuidad y la minucia, todo el arco que intenta abrazar la historia de la ciudad con el análisis interno de la misma, y ese, con la definición de principios que debieran guiar la recta ordenación de su construcción y de los mecanismos eficaces para su efectiva realización. El propio término de «urbanización» que con carácter de Teoría General define y analiza Cerda. dice ya mucho de la visión modernamente procesual y operativa con que era afrontada la construcción de las ciudades. Urbanización en tanto que acción material, continuada y múltiple. de disposición y emplazamiento de las obras urbanas según principios de razón. Urbanización como técnica que necesita comprender la naturaleza de la ciudad enseñada como historia para deducir los criterios de su arte. Dos han sido, de estos criterios, los más frecuentemente detectados por la crítica: la higiene y la circulación. (10) La importancia dada en la «Teoria General» a ambos es, sin duda, grande y novedosa, y su desarrollo adquiere ciertamente, un novel preponderante en la forma de urbanización que teóricamente se propone. La comprensión de la vialidad urbana como subsistema de la 'Íalidad comarcal y regional, y la conformación como «intervía» de la manzana del suelo edificable, exponen un reflejo bien claro y jerárquico de cuanto la idea circulatoria (imagen biologis~ a del riego sanguíneo) era preocupante. Otro tanto cabría decir del condicionamiento annbiental e higiénico como definidor de edificaciones y espacios, en la· casa y en la calle, como obsesión por una salubridad residencial y pública. Higienismo y movilidad eran, sin duda, es bien sabido, dos revoluciones teóricas y culturales de la época.

 

Pero, sobre ello, la fuerza singular de la «Teoria General» de Cerda es la de haber entrado en una organización modernamente científica de sus conceptos, a través del análisis urbano. Análisis estructural de los elementos y relaciones que conponen el sistema urbano; análisis empírico y estadístico, también, de los datos de hecho (11). En este enfoque analítico apoya la novedad y la fuerza de su tratado; porque gracias a él las interpretaciones históricas que de la ciudad se hacen son cambiadas - al menos en intención- a fundamentar unos criterios normativos con que aplicarse a la ordenación de la ciudad futura. Y si, por pudor, no podría decirse que, así, historia y proyecto son, por el análisis intermedio, mutuamente referidos, sí, al menos, puede afirmarse que es la aportación de ese enfoque analítico la que dará a las nuevas técnicas de intervención urbana su base teórica y su fuerza cultural más innovadora y sugestiva.