Responso por la escalera

 

Sorprendentemente en aquella clase, Josep Maria Sostres estuvo magistral.
 
Josep Maria Sostres, de ahora en adelante denominado Sostres aunque en la universidad le llamábamos Elsostres, era un arquitecto y un hombre muy, muy peculiar. Como arquitecto ha merecido el típico reconocimiento post mortem, de igual forma que ha sucedido con José Antonio Coderch, un arquitecto que en vida admirábamos poquísimos, pero que ahora parece que todos idolatraban.
 
Realmente, Coderch y Sostres podían compararse (no iban a ser la excepción a la tesis de este libro), y esta comparación dió mucho juego en su momento. Ambos contaron con un reducidísimo grupo de incondicionales fans que admiraban en los dos artistas virtudes del todo antitéticas. En Coderch admirábamos (yo pertenecía a su capillita) el carácter intransigente e individualista, , su aparente independencia respecto a las escuelas internacionales, su aversión a integrarse en grupos de opinión, su aire de artista aislado - como el del protagonista de El manantial-, reforzado por una apariencia física adecuada al papel: un tipo elegante, enjuto, hispano, velazqueño, con unos ojos de mirada penetrante e inquisidora que te dejaba inmobilizado. En Sostres se valoraba su tremenda erudición, su conocimiento de las tendencias internacionales más vanguardistas, su sofisticado eclecticismo, su integración y compromiso en tareas culturales colectivas, todo ello acompañado de una pinta también totalmente coherente -era tan feo como Jean-Paul Sartre-, desgarbado, mal vestido, casposo, con unas gafas redondas y gruesas como culos de botella.
 
Aunque la herencia de Sostres continúa parenciéndome muy por debajo de la de Coderch, es verdad que nos ha dejado algún edificio refinado e interesante, que puede justificar su valoración póstuma. Sin embargo, en cuánto a su actividad pedagógica, la revalorización sólo puede explicarse por la voluntaria amnesia de algunos de sus antiguos alumnos o por el desconocimiento de los más jóvenes.
 
Sostres pudo ser un arquitecto interesante, un hombre culto y pintoresco, pero era un profesor perezoso y acomodaticio.
 
Recuerdo perfectamente mi primera clase en la Escuela de Arquitectura. En aquel entonces, 1959, ingresábamos finalmente en la soñada Facultad tras seis cursos de bachillerato, uno preuniversitario y dos comunes de Ciencias: si los pasábamos todos a la primera habían transcurrido nueve interminables años antes de que se nos hablase de la materia que habiamos escogido de niños.
 
Cuando entré en la Escuela de Arquitectura lo hice con sincera devoción artística.  La Escuela se encontraba en los altos de la Universidad Central de Barcelona, un digno edificio neorrománico de Elies Rogent, donde se estudiaban también otras carreras, entre ellas las de Letras. La dignidad del espacio y el convivir con estudiantes de otras disciplinas creaban un ambiente universitario nada despreciable. 
 
Las decepciones llegaron más tarde, pero el primer día se presentaba memorable. En un aula pequeña pero capaz para todos los alumnos del curso -apenas una treintena- un aula de cutas paredes pendían unas reproducciones de arte clásico y que podía oscurecerse mediante postigos para proyectar transparencias, dimos la primera clase: era de Historia del Arte y de la daba Sostres. Recuerdo que con aire desganado, privado del más mínimo grado de entusiasmo o pasión, el cátedro fue desgranando la sobada descripción del arte rupestre, lo de la edad de la piedra tallada, y de la pulimentada, y la de los metales..., todo ello ilustrado con unas lamentables  -debían de ser coetáneas de las obras que reproducían- transparencias en blanco y negro.
 
Aquel año Sostres nos impartió un curso comple de Historia del Arte y al año siguiente otro de Historia de la Arquitectura. A lo largo de todo ese tiempo evidenció tanto conocimiento y preparación como conformismo , abulia y ausencia de la más mínima ambición que no fuese cumplir con el expediente.
 
Pero un día, hacia el final del segundo curso, que había mejorado algo pues al llegar a la arquitectura más o menos moderna de le veía más interesado, desarrolló ante nuestro estupor una clase magistral. Sin que viniese a cuento, ni figurase en el programa, ni correspondiese con la época contemporánea que estábamos tratando,  se descolgó con una disertación -no sé si personal pero brillantísima- de lo que significó para la historia de la Arquitectura y la Humanidad el descubrimiento y construcción de los planos horizontales. Nos hizo ver cómo el plano horizontal como superficie transitable tuvo que ser una aportación de la creatividad humana, pues en la naturaleza no se encuentra jamás, ya que sólo en el agua en reposo hayamos esta geometría, y sobre el agua no se puede, fuera de las Sagradas Escrituras, andar. Nos hizo imaginar cómo el hombre, liberado del engorro de caminar atento a los accidentes del terreno, pudo comenzar a peripatear a la vez que pensaba en sus cosas , y así aficionarse a los razonamientos que le habían de llevar a la filosofía. Y nos hizo descubrir, hacía el final de la clase, que, si construir planos para desplazarse horizontalmente no era algo obvio, sino que requería un acto creativo, imaginar una sucesión de planos horizontales a distinto nivel para desplazarse en las tres dimensiones, construir escaleras, era un hito arquitectónico y cultural de primera magnitud. Recuerdo muy bien que la lección fue tan brillante y sorprendente que, hacia su terminación, los alumnos nos pusimos de acuerdo por señas, y cuando Sostres acabó, prorrumpimos en un estrenduoso aplauso, aplauso que dejó atónito al maestro, que no sabía si correspondía a una felicitación sincera o a puro cachondeo estudiantil:azaradísimo y ruborizadísimo, recogió torpemente sus bártulos, desapareció a la carrera y no se arriesgo nunca más a tan traumática experiencia.
 
 
Pero Sostres llevaba razón, la escalera es un invento fabuloso, bastan unos cuantos escalones, tallados en el terreno del empinado camino alpino por el que ascendemos penosamente, para convencernos de ello. La escalera es también una pieza arquitectónica fascinante a la vez que dificilísima, quizás el elemento que ha dado lugar a los espacios más memorables de la historia de nuestro arte. En el conflicto geométrico que genera la línea diagonal del pasamanos y la losa, en el diseño siempre delicado y complejo de la barandilla, en los giros, en los rellanos intermedios, en la solución particular que exige el remate en el nivel superior, en la solución, aún más difícil (casi imposible parece, pues incluso muchas de las más bellas escaleras no resisten la visión inferior de su primer tramo) del arranque -allí donde los escalones dejan de apoyarse en el suelo para despegar y alzar el atrevido vuelo-..., en todos estos desafíos, han padecido y disfrutado los arquitectos a lo largo de la historia. Pero muy probablemente ya no lo harán más, pues considero que la escalera es un espacio en vía de extinción.
En vía de extinción porque en nuestros días la escalera ha dejado de ser un pezzo di bravura del arquitecto para convertirse en un espacio de servicio, puramente funcional, marginal, aislado, y casi estandarizado. Esto ha sido así por tres razones fundamentales: la popularización del ascensor, la rigidez de las normas contra incendios y la proliferación de rampas como solución alternativa.
 
El ascensor fue un gran invento; sin él no hubiese sido posible la aparición de los rascacielos, y nos basta trepar con nuestro equipaje por la empinada escalera que lleva a la buhardilla donde nos ha invitado nuestro amigo bohemio de París, para eliminar cualquier duda sobre la contribución de este aparato a la calidad de vida cotidiana. Pero la aparente comodidad del ascensor a relegado a la escalera a un papel puramente alternativo para el caso de avería o accidente. La escalera queda tan marginada y es tan poco atractiva que no se utiliza ni para bajar un par de plantas. Basta visitar cualquier edificio hospitalario o administrativo para observar que los empleados que han esperado estúpidamente el ascensor durante varios minutos, se apean sistemáticamente una o dos plantas más allá. Parece que subir y bajar escaleras es un ejercicio de lo más sano y conveniente para la circulación sanguínea, pero la gente se resiste a esta actividad que, cuando la escalera es bella, no deja de constituir una lúdica experiencia espacial.
 
Ya nadie, y los norteamericanos menos que nadie, quiere subir escaleras; por eso, en las deprimentes salas de musculación de los gimnasios, entre otros complejos y siniestros aparatos ha aparecido una máquina para obligarlos a realizar exactamente los mismos ejercicios que harían subiendo escaleras. O sea: suben al gimnasio -que naturalmente está situado en un penthouse- esperando impertérritos el ascensor y, una vez allí, se ponen a subir escaleras virtuales en una máquina. Se ve que la gracia y el negocio radica en estas bobadas.
 
Parece que los redactores de normas contra incendios no comparten el amor de los arquitectos por las escaleras. Es innegable que, en caso de incendio, el hueco de escalera puede actuar como chimenea y transmitir el fuego o el humo a las plantas superiores, quedando además inutilizada la escalera como vía de evacuación. Pero este peligro indiscutible ha llevado a una reglamentación que penaliza la escalera de forma grosera. La escalera no puede abrirse a ningún espacio habitable, tiene que ser totalmente independiente, aislada del fuego, accesible sólo por puertas de cierre automático (normalmente de fuerza titánica), y, en muchos casos, estas puertas deben ser dobles. Pero es que además, para muchos usos, en el diseño de la escalera se proscriben los recorridos curvos, los escalones de dimensión progresiva, los escalones con vuelo, etc. O sea, según los legisladores, una escalera como la de la Ópera Garnier de París, que incumple la casi totalidad de normas, es altamente peligrosa y, en caso de evacuación, daría lugar a múltiples traspiés. No es extraño que bajo esta creciente presión, agotados en una estéril lucha en defensa de proyectos alternativos, los arquitectos nos desmoralicemos y vayamos amoldándonos a las soluciones que merecen todas las bendiciones y no entrañan ningún riesgo legal: recurrir a la escalera encerrada, de superficie mínima, de trazado rectilíneo, de escalones iguales y ortogonales; a la manida escalera estándar y universal -igual aquí que en Seul-, económica y segura, pero también trivial por ordinaria. Hemos pasado de considerarla el corazón del edificio a proyectarla como un cuarto de calderas.
Queda la cuestión de la rampa como alternativa a la escalera. En la arquitectura antigua esta sustitución sólo se ha dado en contadas ocasiones: largas rampas exteriores -como las del acceso a los templos egipcios de Deir el Bahari-, rampas interiores de varios tramos -como la de la Giralda de Sevilla- o rampas helicoidales para el paso de caballerías -como la de Bramante en el Vaticano o la inteligente rampa doble que Sangallo construyó en Orvieto para que los animales pudieran extraer agua de un pozo sin que los que descendían se cruzasen con los que ascendían.
Pero las rampas interiores eran la excepción. La rampa es un tema arquitectónico muy difícil de encajar; en cualquier garaje podemos apreciar los conflictos geométricos que provoca; hasta los proyectistas de puentes las temen.
 
Sin embargo, en la arquitectura contemporánea han proliferado las rampas. Creo que esta moda nació de la fascinación que las formas generadas por la circulación rodada y por la velocidad provocaron entre los artistas de las vanguardias históricas: constructivismo soviético, futurismo italiano, o racionalismo centroeuropeo. Estas formas se pudieron integrar con relativa neutralidad y sin males mayores en una fábrica de automóviles en Torino, en un estanque para pingüinos en Londres, o en un museo helicoidal en Nuew York, pero su introducción en espacios cotidianos y domésticos es siempre forzada y gratuita. La célebre promenade architectural (otro término cursi de Le Corbusier) ¿no se puede sentir ascendiendo por una escalera?¿Es forzoso que demos un rodeo por una rampa que se come la mitad de la superficie útil de la vivienda?¿Es lógico que en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona una parte importantísima de su espacio, la mejor iluminada, esté exclusivamente dedicada a un juego de largas rampas que nos llevan, en un inacabable zigzagueo, a las plantas superiores?
Se me puede objetar que las rampas permiten eliminar la barrera arquitectónica que representa la escalera, pero las rampas de que hablamos son demasiado largas o demasiado empinadas para ser utilizadas por disminuidos físicos. La norma obliga a rampas muy tendidas y cortas, rampas que sustituyen un tramo de pocos escalones, pero que de ninguna manera pueden ser una alternativa razonable a una escalera que salve varios metros de desnivel. La alternativa sensata a una escalera así es un ascensor de tamaño suficiente para albergar una silla de ruedas.
 
 Por todo lo expuesto, soy pesimista sobre el futuro de la escalera como noble tema arquitectónico. Este vaticinio me entristece porque a lo largo de mi vida lo he pasado muy bien en algunas escaleras. Una antología de escaleras distinguidas sería una tarea ímproba y desde luego no apropiada a mis aptitudes; sin embargo, y ateniéndome a la autodisciplina de no opinar sobre lo que no he tenido ocasion de pisar, citaré algunas que no olvidaré jamás.
 
Escaleras cortas, de pocos peldaños. Apenas cuatro daban acceso a una casa de aquel pueblecito de una isla del Egeo. Cuatro escalones también entre las basas de dos columnas en San Pablo Extramuros de Roma. Un peldaño más en la escalera que Carlo Scarpa encajó en un murete de su cementerio. Algunos escalones más en su escalera de la tienda Olivetti de la Piazza San Marco de Venecia; escalera que nos deslumbró de estudiantes y aún ahora nos admira.
 
Seis peldaños alternados formaban la escalerita medio excavada en un muro por Lutyens en la cubierta de Castel Drogo.
 
Tampoco eran muchos los escalones que subían graciosamente aquella pequeña capilla de Sakkarah.
Aquella escalera simétrica , absolutamente insospechada, misteriosa y anónima, que me encontré en Teguise, un publecito perdido en la isla de Lanzarote.
 
Escalinatas anchas, casi accidentes geológicos, como la escalinata que daba acceso al templo de Atenea en Lindos, que contemplada desde arriba parecia que me iba a llevar directamente al azulísimo mar.
 
La gloriosa escalera que se iba ensanchando a medida que ascendía a la cubierta de ka casa de Curzio Malaparte en la isla de Capri.
 
Teatros griegos y romanos, vistos como grandes escalinatas hemicirculares.
 
Escaleras rectas, como las de los palacios renacentistas. Largas e impresionantes, como las de la Alte Pinakothek, de Munich; mágicas y misteriosas, como Scala Regia de Bernini en el Vaticano; escaleras que personalizaban una fachada como la de los dormitorios del MIT de Alvar Aalto en Harvard, o la de Jacob Prandauter en el monasterio benedictino de San Florian, cerca de Linz. 
 
Escaleras que giraban entorno a un patio, como la del palacio de Knósos, con sus columnatas de gálibo invertido. (Pero todas las escaleras que giraban en dos o tres tramos, aunque parecían simétricas, representadas en planta no lo eran en absoluto; si el acceso del arranque estaba en el eje de la planta baja, la llegada a la planta superior quedaba descentrada; si se centraba el conjunto de la escalera, tanto el acceso como la salida quedaban desplazados del eje. Este problema genuinamente arquitectónico obsesionó durante siglos a muchos arquitectos, particularmente españoles, que a través de los intentos de Alonso de Covarrubias, Juan Bautista de Toldedo y de Juan Herrera llegarían a la solución gloriosa de la escalera imperial que cristalizaría en la escalinata de El Escorial. La escalera imperial, término absolutamente español que nace en el siglo XVI y que Pevsner reintrodujo al mundo anglosajón en 1968, iba a convertirse en modelo para las grandes escaleras barrocas).
 
Escaleras barrocas alemanas; las de Blathazar von Neumann. La escalera de Würzburg, quizás la escalera más impresionante de todos los tiempos, cubierta por el espatarrante techo afrescado por Gianbattista Tiepolo (el mejor Tiepolo para el mejor Neumann; nunca el pintor había ayudado tanto al arquitecto... ni lo volvería a hacer). La doble escalera circular de Bruschal, donde el Maestro riza el rizo del virtuosismo, encontrando solución a problemas geométricos de entregas, que parecen irresolubles sobre el papel.
 
La doble escalera de acceso al Altes Museum de Schinkel. 
 
Escaleras como grandes y perdurables escenarios teatrales, como las de tantos jardines, la que envuelve el ábside de Santa Maria Maggiore, o la insuperada escalinata de la Piazza di Spagna en Roma.
 
Escaleras que se enrollaban en espiral: la escalera de una sola helicoide en la Villa Farnese de Caprarola, la doble en el Palacio de Chambrod, la triple en el convento de Santo Domingo de Santiago de Compostela (una escalera tan radicalmente geométrica que carecía de descansillos).
 
Escaleras que se retorcían y fragmentaban; la de la Navy, en la Someret House de William Chambers en Londres, o la de G¨ttingen, toda en madera.
 
Las escaleras que se derramaban por las cubiertas del Templo de la Sagrada Familia de Gaudí..., las de la Pedrera, la de la casa Batlló; casi todas las escaleras de Gaudí.
 
Casi todas las escaleras de Wright.
 
La escalera de la Ópera de París de Garnier, que llegó a obsesionar tanto a Adolf Hitler que, dado que no sabía idiomas y le avergonzaba ir de turista, tuvo que invadir Francia para, de madrugada, a escondidas, y del brazo de su arquitecto de cabecera, Albert Speer, visitarla con devoción por primera y última vez.
 
Las escaleras de Michelangelo: la escalera doble de la plaza del Campidoglio, donde el maestro encontró la solución, genial por lo sencilla y radical, al eterno problema del apoyo de los balaustres sobre un plano inclinado: la delirante escalera de la biblioteca Laurenziana, anuncio y culminación del Barroco; las múltiples e inventivas escaleras imaginadas en sus esbozos... la escalera que se enrolla entre las dos cúpulas de la basílica de San Pedro, la misma por la que ascendía excitada y jadeante Anita Ekberg en La dolce vita; o aquella por la que descencía Claudia Cardinale en La chica con maleta (bueno, en ésta, la verdad es que no he estado, pero bien se me tiene que permitir alguna licencia).