Cómo defender la ciudad

 

La historia reciente del urbanismo –la de los últimos 25 años, los que ahora celebra la edición catalana de El País- se confunde, evidentemente, con las perspectivas más o menos inmediatas, porque no puede haber cambios radicales si no se alteran las actuales estabilidades sociopolíticas, las cuales, por lo menos en el ámbito europeo, presumen de una fuerza resistente sin límites ni decadencias demasiado próximas.
 
Podriamos decir que en las últimas décadas –concretamente, desde después de la II Guerra Mundial- han fracasado o han sido olvidados los dos modelos fundamentales y las dos ideologías para el crecimiento y reurbanización de las ciudades, aquellos que se habían propuesto en dos etapas sucesivas por el Movimiento Moderno y las vanguardias que lo alimentaron. El primero y el más radical fue el intento revolucionario de la nueva ciudad ideal, planificada en términos de absoluta socialización, con voluntad de participar en profundos cambios sociales y culturales y, consecuentemente, políticos. El segundo, en contraposición metodológica fundamental desde el origen o como un sustituto acomodaticio ante la imposibilidad del primero, fue el intento de recuperación de las formas tradicionales de la ciudad compacta, definida por el espacio público, y la liberación clara y bien delimitada del paisaje no urbanizado. Quizás sea una simplificación excesiva, pero, seguramente, los demás modelos que se han presentado pueden asimilarse como variantes o considerarlos intentos no tan generalizables.
 
Los dos modelos han entrado en coalición con la hegemonía radical de lo que llamamos leyes del mercado, amparadas en la pretendida ideología del liberalismo económico. La relativa pero suficiente y eficaz autonomía del sistema mercantil a que se ha sometido el precio y el uso del suelo, la timidez de los conservadores ante el intervensionismo, la ausencia de instrumentos planificadores en términos proyectuales, la irrupción de demografías acumuladas y alteradas por las migraciones y el turismo y, sobre todo, las debilidades y a veces las inepcias políticas han hecho derivar la ampliación y modernización de las ciudades hacia soluciones suburbiales en las que, voluntariamente, se abandona la urbanidad y la fuerza identificadora de la colectividad. Estos síntomas morbosos se refieren especialmente a las ciudades europeas, pero si incluimos las grandes metrópolis americanas o asiáticas y las hecatombes del Tercer Mundo, el problema es aún más complejo y, seguramente, más irreversible.
 
Así, la arquitectura más abundante durante este periodo ha sido simplemente el resultado directo de operaciones comerciales de carácter privado. Nunca se había construido tanto y nunca con tanta ausencia de bases culturales y de propuestos sociales coherentes. Los arquitectos y los urbanistas que han querido mantenerse en la línea de investigación y creatividad se han tenido que refugiar en la lucha por la calidad icónica de sus edificios: ya que no podían –y, a veces, no querían, porque entre ellos abundan los conservadores timoratos- hacer ciudad, estaban dispuestos a construir monumentos que la misma sociedad mercantil, consumista y publicitaria ha aceptado como otro elemento de autoafirmación. Y así estamos logrando ciudades marcadas por una negación –el suburbio- y por una falsa afirmación –los monumentos icónicos igualmente marginados.
 
Pero es indispensable aceptar la realidad como punto de partida en su misma transformación y adoptar así un cierto optimismo condicionado. Algún día la ciudad capitalista y abusivamente liberal presentará síntomas de colapso y, al mismo tiempo, los problemas del tercer mundo exigirán soluciones radicales, seguramente sin necesidad de una revolución formal previa, sino como consecuencia de la inestabilidad definitiva de sus mismas realidades. Será el clamor popular sobre el problema de la vivienda, la seguridad y la convivencia, los transportes públicos, los espacios colectivos y los servicios, la calidad urbana y la cohesión social, la integridad del paisaje lo que doblegará la continuidad estéril y obligará un cambio de tono de nuestras ciudades y, consecuentemente, de su arquitectura. Es decir, si queremos defender la ciudad tal como las hemos entendido en nuestras latitudes, hay que cambiar todo el sistema socioeconómico y ajustarlo a unos nuevos valores cívicos. Ya que, según parece, el panorama de progreso económico elitista que hoy prevalece en el mundo occidental no es apto para revoluciones formales, hay que esperar que los mismos excesos de la ciudad capitalista y liberal provoquen un nuevo urbanismo, a la vez impulsor de un cambio más general aunque sea sin maquillaje revolucionario. O dicho de otra manera: para que las cosas cambien –el urbanismo y el sistema sociopolítico-, aunque sea tímidamente y con un atinado proceso propio, hay que seguir cercenando el desbaratado orden actual con cualquier método y desde cualquier campo de actuación.